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Encontrarle sentido a la enfermedad y al sufrimiento

Encontrarle sentido a la enfermedad y al sufrimiento

Paulinas Colombia |

Jornada Mundial del Enfermo

La enfermedad ha acompañado al ser humano desde los orígenes de la historia; atraviesa todas las culturas, edades y condiciones. Golpea de improviso o se instala en silencio, toca la carne y hiere el espíritu, revela la fragilidad de nuestro cuerpo y la vulnerabilidad de nuestra alma. Pero también es uno de los lugares privilegiados donde se revela la misericordia de Dios y donde la fe recoge la semilla de la esperanza. San Juan Pablo II solía decir que la enfermedad y el sufrimiento son inseparables de la existencia humana, pues en ellos participamos de manera misteriosa en los sufrimientos de Cristo.

La Jornada Mundial del Enfermo, celebrada cada año en el mes de febrero, nos recuerda esta verdad luminosa: el dolor no es una frontera que nos aleja del sentido de la vida, sino una puerta que cuando es iluminada por la fe abre al encuentro íntimo con Dios. Es cierto que la enfermedad desconcierta, rompe los planes, desordena las seguridades, nos lanza a la intemperie. Pero también es cierto que en ella arde una chispa divina que nos permite descubrir cuán cerca está el Señor cuando nuestras fuerzas declinan. Nunca la fragilidad humana ha sido tan fecunda como cuando Cristo, clavado en la cruz, asumió sobre sí lo más hondo del dolor humano para convertirlo en fuente de redención.

Nuestra editorial Paulinas, ofrece, en esta ocasión, la obra: Encontrarle sentido a la enfermedad y al sufrimiento, que recoge enseñanzas y fragmentos de homilías y mensajes de san Juan Pablo II sobre esta dimensión tan humana y tan divina. En estas páginas encontramos palabras que pueden ayudar a sanar, a consolar y a comprender nuestra propia historia desde los ojos del Evangelio. La propuesta no pretende minimizar el dolor ni ofrecer soluciones rápidas; busca, más bien, alumbrar los caminos interiores del corazón. El Papa nos recordaba que cada sufrimiento, cuando es vivido en Dios, puede transformarse en un medio de crecimiento espiritual y en una experiencia pascual: “A través del sufrimiento entramos en el corazón del misterio redentor”.

Cuando la enfermedad toca el cuerpo y el alma

No hay sufrimiento pequeño. Cada lágrima, cada noche sin dormir, cada noticia que altera la vida, tiene un peso infinito. Hay enfermedades que afectan el cuerpo y otras que rompen por dentro: la depresión, la soledad, la incertidumbre, la angustia. Quien sufre experimenta que se quiebra algo más profundo que la salud física, se fractura la seguridad sobre la que se apoyaba la existencia, se revelan las propias limitaciones y se experimenta una especie de exilio interior. En esos momentos aflora la pregunta más antigua de la humanidad: “¿Por qué?”.

La Biblia no evita esta pregunta, la asume y la transforma. Jesús mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. María estuvo con profundo dolor al pie de la cruz. Job gritó a Dios desde su dolor. El sufrimiento no es ajeno a la fe cristiana: es uno de sus lenguajes. Y, sin embargo, la fe ilumina este misterio sin negarlo. “Mi gracia te basta” (2 Co 12,9) sigue siendo una de las afirmaciones más desafiantes de la historia del cristianismo: no se trata únicamente de sanar, sino de aprender a vivir y a amar en el sufrimiento, sabiendo que Dios no abandona y que en su amor todo puede ser transformado.

San Juan Pablo II insistía en que la enfermedad no es una derrota espiritual. Hay quienes cargan su dolor con heroísmo silencioso, quienes ofrecen su cruz por los demás, quienes convierten su padecimiento en oración, en don, en ofrenda. Son como cristos escondidos en los hospitales, en las casas, en los lugares donde el dolor se vuelve altar. Allí nace el milagro de una fe madura que ha aprendido a confiar cuando los ojos no ven y cuando el cuerpo tiembla.

El sufrimiento que une, transforma y purifica

La enfermedad no es solamente un desafío personal; es una experiencia profundamente comunitaria. Quien sufre necesita manos que sostengan, palabras que consuelen, una voz amiga que recuerde que todavía hay futuro. Así como Jesús encontró en Simón de Cirene un compañero de camino que lo ayudó a cargar la cruz, cada enfermo encuentra en quienes lo rodean un signo del amor de Dios.

Hay familiares que velan noches enteras en silencio. Médicos y enfermeras que se convierten en providencia y misericordia. Voluntarios que entregan su tiempo para acompañar. Amistades que se hacen oración. Todos ellos son parte del milagro del sufrimiento compartido. Pablo lo expresa con gran sabiduría: “Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26).

Por eso, esta Jornada Mundial del Enfermo es también un homenaje a quienes acompañan los pasos más pesados: hijos que sostienen a sus padres ancianos, hermanos que cuidan pacientes terminales, madres que luchan junto a sus hijos hospitalizados, amigos que abrazan al que está quebrado por dentro. Ellos encarnan el Evangelio vivo de la compasión. Jesús mismo se dejó cuidar por quienes lo siguieron hasta la cruz. Y desde entonces, la Iglesia entera es llamada a ser ese Cirene que ayuda a llevar las cruces más pesadas.

La enfermedad como lugar de encuentro con Dios

La fe cristiana no promete una existencia libre de dolor, pero sí promete una presencia: Emmanuel, Dios con nosotros. Ese es el núcleo de nuestra esperanza. Donde muchos ven un callejón sin salida, la fe descubre una puerta abierta al misterio de la gracia. Cuando la ciencia llega a sus límites, cuando la lógica humana se queda sin respuestas, el Evangelio revela un camino donde el sufrimiento se convierte en enseñanza y en purificación del amor.

San Juan Pablo II afirmaba que el sufrimiento cristiano tiene un valor de participación en la obra redentora de Cristo. No es masoquismo ni resignación fatalista. Es la certeza de que, unido a Cristo, el sufrimiento puede abrir una fuente de vida nueva para la humanidad: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). Todos los que sufren participan de este misterio, el dolor se vuelve oración, intercesión, camino de santidad.

Y tal vez uno de los gestos más hermosos del Evangelio sea este: Jesús no se limita a curar cuerpos, sana corazones. Él toca al leproso, consuela a la viuda de Naín, se acerca al paralítico, escucha al ciego, se deja conmover por el dolor humano. Con su cercanía, la enfermedad deja de ser un signo de maldición y se convierte en un lugar donde Dios actúa. El cristiano aprende así a mirar el dolor de otro modo, no como fracaso, sino como una posibilidad de revelar el rostro compasivo del Padre.

La enfermedad como camino espiritual

La enfermedad puede convertirse en un llamado. No todos estamos llamados a la misma misión, pero cada uno tiene un lugar en el cuerpo de Cristo. Los que sufren tienen una misión silenciosa pero esencial, son la Iglesia que ora desde el calvario, son la luz que ofrece su dolor por la salvación del mundo, son la fragilidad elegida por Dios para mostrar la fuerza de su gracia.

San Juan Pablo II lo expresaba de manera luminosa: “Los enfermos son la reserva espiritual más profunda de la Iglesia”. Su dolor no es inútil. Es semilla fecunda que germina en la santidad de quienes cargan con paciencia su cruz. Allí donde muchos ven debilidad, la fe descubre fuerza. Allí donde el mundo ve fracaso, Dios revela su victoria. Quien sufre desde la fe comprende que su misión no es menor que la de quien predica o misiona: es una vocación escondida, llamada a ser ofrenda viva por la conversión del mundo.

Una Iglesia que acompaña, sostiene y espera

La Jornada Mundial del Enfermo nos invita a redescubrir el tesoro de la atención pastoral a los enfermos. Es una obra de misericordia que está inscrita en el corazón de la Iglesia desde sus inicios. Hospitales, hogares de cuidado, sacerdotes que llevan la unción y la comunión, religiosas que acompañan hasta el final, voluntarios que escuchan y consuelan… Allí se hace visible el rostro maternal de la Iglesia, que abraza, sostiene y permanece.

Hoy, más que nunca, necesitamos comunidades cristianas capaces de escuchar el clamor sufriente del mundo. La enfermedad no debe vivirse en soledad. La fe es una casa donde todos encuentran un lugar. La espiritualidad del cuidado es una de las formas más hermosas de evangelización. Allí se aprende el lenguaje del amor auténtico: el que no se cansa, el que camina a paso lento para acompañar al que no puede más, el que sostiene sin juzgar.

El consuelo que sana, la esperanza que renace

El dolor puede ser maestro, pero también lugar de gracia. El acompañamiento espiritual, la oración, la palabra fraterna, la paz de los sacramentos, son medicinas que no pueden faltar. Muchas veces, lo que más sana no es una solución, sino una presencia. La compañía cura. La fe renueva. La esperanza hace caminar.

La enfermedad nos recuerda que no somos autosuficientes. Nos enseña a aceptar la fragilidad humana, a reconocer que la vida es un don que se recibe y se comparte. Nos invita a descubrir la belleza de confiar en Dios, aun cuando no entendemos los caminos que Él elige. Y nos abre, finalmente, a la certeza más profunda: todo dolor vivido en el Evangelio está destinado a resucitar.

Cristo ha vencido la muerte, ha atravesado el abismo del dolor humano y lo ha transformado en vida eterna. Y por eso podemos decir, incluso en medio de la enfermedad: “Nada podrá separarnos del amor de Dios” (Rm 8,38-39).

Un misterio en Dios…

La enfermedad y el sufrimiento siguen siendo un misterio, pero no están solos. Cristo camina con nosotros, carga nuestras heridas, llora con nuestro dolor y resucita con nuestra esperanza. La Jornada Mundial del Enfermo nos invita a mirar la vida desde la fe, a acercarnos al que sufre, a sanar con ternura, a acompañar con paciencia, a ser cirineos que ayudan a cargar la cruz de los hermanos.

La obra Encontrarle sentido a la enfermedad y al sufrimiento es un faro que ilumina este camino, porque recoge en palabras sencillas y profundas la sabiduría espiritual de san Juan Pablo II y la experiencia de quienes han encontrado en el dolor una oportunidad para amar más y mejor. Allí descubrimos que el sufrimiento tiene un sentido cuando es abrazado por Cristo, cuando se convierte en oración, cuando abre el corazón a la caridad, cuando es vivido como una ofrenda para la salvación del mundo.

Que esta Jornada Mundial del Enfermo nos lleve a vivir con mayor esperanza, a acompañar con más amor y a comprender que, incluso en las noches más oscuras, la fe nos permite escuchar la voz de Dios que nos dice: “No temas, yo estoy contigo”. Porque en Cristo, hasta el sufrimiento se convierte en camino de resurrección.

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