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CONFERENCIA: Diálogo entre fe e Inteligencia Artificial

Cuando la esperanza se pintaba en las catacumbas

Cuando la esperanza se pintaba en las catacumbas

Paulinas Colombia |

Cada 30 de junio, la Iglesia celebra la memoria de los santos Protomártires de la Iglesia de Roma. Aunque esta memoria es libre en el calendario litúrgico y a menudo suele pasar desapercibida frente a otras solemnidades como las de los santos Pedro y Pablo celebradas justamente el día anterior, contiene en sí un profundo significado para la historia del cristianismo. Hablamos de aquellos hombres y mujeres que durante la persecución desencadenada por el emperador Nerón después del incendio de Roma en el año 64, derramaron su sangre por su fidelidad a Jesucristo. Muchos de sus nombres permanecen desconocidos para la historia, pero no para Dios. Fueron los primeros testigos de una Iglesia naciente que aprendió a vivir en medio de la hostilidad, el rechazo, la persecución y el sufrimiento.

Hacer memoria de estos mártires es también volver la mirada a los lugares donde los primeros cristianos profesaron su fe entregando su vida, a aquellos que supieron conservar la memoria de sus hermanos difuntos y pusieron su esperanza en la vida eterna. Entre esos lugares destacan las catacumbas romanas, que son verdaderos testimonios de una Iglesia que aun en medio de las persecuciones, nunca dejó de anunciar la victoria de Cristo sobre la muerte.

Es en este contexto, la obra Símbolos de Vida Eterna, de nuestra Editorial Paulinas, es profundamente iluminadora porque nos permite descubrir cómo el arte paleocristiano se convirtió en una auténtica catequesis visual para los creyentes de los primeros siglos. A través de símbolos sencillos y profundamente bíblicos, los cristianos expresaron su fe en la resurrección, su confianza en el Señor y su certeza de que la muerte no tiene la última palabra para quien cree en Jesucristo. 

Mártires: “Semilla de nuevos cristianos”

Comúnmente cuando hablamos de mártires, solemos pensar en escenas desgarradoras que tuvieron que sufrir innumerables santos, o imaginamos heroísmos extraordinarios, sin embargo, antes de ser testigos supremos de la fe, aquellos cristianos fueron personas comunes con historias concretas y cotidianas: padres y madres de familia, jóvenes, ancianos, comerciantes, artesanos, esclavos y ciudadanos que habían encontrado en Jesucristo el sentido pleno de su existencia. La persecución de Nerón marcó indudablemente la vida de la comunidad cristiana de Roma. Debido a que estos habían sido acusados injustamente de provocar el incendio de la ciudad; por ello, muchos cristianos fueron arrastrados y sometidos a terribles sufrimientos, algunos fueron crucificados, otros entregados a las fieras y otros quemados vivos.

Este hecho provocó en muchos curiosidad, sorpresa y hasta espanto; no obstante, lo que más impresionó a sus contemporáneos no fue solamente su sufrimiento, sino la serenidad con la que afrontaban la muerte. Aquellos hombres y mujeres estaban convencidos de que Cristo había resucitado y que quienes permanecieran unidos a Él participarían también de su victoria. Esta certeza transformó completamente la manera en que ellos y muchos de sus espectadores entendían la vida y la muerte. Para ellos, la muerte no era el final de la existencia, sino un paso hacia el encuentro definitivo con Dios. 

Las catacumbas, mucho más que cementerios

Con frecuencia, pensamos que las catacumbas son simplemente cementerios subterráneos. Sin embargo, su significado para los primeros cristianos era mucho más profundo. Las catacumbas representaban un lugar de memoria, de oración, de gratitud, de esperanza. Allí reposaban los cuerpos de hermanos que, gracias a la vivencia ejemplar de su fe, eran inspiración y motivo de esperanza para toda la comunidad creyente que aguardaba la resurrección prometida por Cristo. Aquellos corredores excavados bajo tierra no eran espacios dominados por el miedo o la desesperación. Por el contrario, estaban llenos de imágenes que proclamaban la victoria de la vida sobre la muerte.

Para quienes se cuestionan acerca del uso de símbolos, la respuesta es sencilla: si dirigimos la mirada al contexto del cristianismo primitivo –la cual era una época donde la mayoría de las personas no sabía leer–, las imágenes cumplían una función catequética fundamental. Los símbolos pintados en los muros enseñaban las verdades esenciales de la fe y ayudaban a los creyentes a comprender el misterio de la salvación.

La obra del autor y sacerdote Diego Elías Arfuch, pss, permite precisamente redescubrir esta riqueza a veces tan desconocida por el cristianismo actual. Sus páginas muestran cómo el arte cristiano primitivo no nació simplemente como una manifestación estética, sino como una forma de evangelización y de trasmisión de la fe. 

Símbolo del Buen Pastor

Entre las imágenes presentes en las catacumbas, una de las más frecuentes y de mayor relevancia es la del Buen Pastor. La cual, está inspirada en las palabras de Jesús recogidas por el evangelista san Juan: “Yo soy el Buen pastor” (Jn 10, 11). Esta representación buscaba mostrar a Cristo llevando sobre sus hombros una oveja. Para los primeros cristianos esta imagen tenía un profundo significado, ya que les recordaba que Cristo conoce a cada uno de sus hijos, los busca cuando estos se pierden y los conduce hacia fuentes tranquilas donde encuentran la plenitud de la vida.  

En el marco de esta intensa persecución y muerte, contemplar la figura del Buen Pastor significaba recordar que ningún sufrimiento podía pasar desapercibido por Dios, y mucho menos ser causa de separación con Aquel que nos amó primero. Hoy, esta imagen sigue conservando toda su fuerza espiritual; por ello, en una sociedad donde muchas personas experimentan incertidumbre, soledad o pérdida de sentido, Cristo continúa presentándose como el Pastor que guía, acompaña y sostiene a su pueblo. 

El pez, figura de una profesión de fe

Otro de los símbolos que encontramos y que ha llamado bastante la atención, ha sido la figura del pez. Suele ser foco de curiosidad y de estudio porque a simple vista puede parecer una imagen muy sencilla, pero contenía en sí una profunda confesión de fe. La palabra griega Ichthys (pez) estaba formada por las iniciales de una frase que significaba: “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”. Durante el tiempo de persecución, este símbolo permitía a los cristianos reconocerse mutuamente sin llamar la atención de las autoridades y de esta manera, poder ayudarse unos a otros.

Sin embargo, es importante reconocer que su significado iba mucho más allá de una aparente fachada para salvaguardar la propia vida. El pez les recordaba constantemente que Cristo era el Salvador prometido, Aquel que había vencido el pecado y la muerte de una vez por todas; por ello, solo debían creer y confiar. De esta manera, las catacumbas muestran cómo los primeros cristianos encontraban formas creativas y valientes de expresar su fe y su adhesión al proyecto de Dios, incluso, cuando hacerlo era pagar el precio con su propia vida.  

El ancla, llamado a permanecer firmes

Uno de los símbolos más hermosos presente en las catacumbas es el ancla. La Carta a los Hebreos utiliza justamente esta imagen cuando afirma que la esperanza cristiana es como “Un ancla segura y firme para nuestra vida” (Hb 6, 19). En este clima de fuertes tormentas, los primeros cristianos comprendieron profundamente esta enseñanza. Vivían en un mundo inestable, marcado por el rechazo, la incertidumbre y los peligros constantes que atentaban la vida de la comunidad y, especialmente, de aquellos más vulnerables: los enfermos, los niños, las mujeres; por ello, el permanecer firmes no era solo una opción, sino una necesidad para corresponder activamente al Evangelio.

Por esta razón, la figura del ancla aparece en repetidas ocasiones plasmada en las catatumbas e incluso, en las decoraciones funerarias. Este no era un símbolo de resignación ante la muerte, sino una proclamación de confianza en la promesa de la resurrección. También hoy, los creyentes necesitamos redescubrir esta dimensión de esperanza; es así que en medio de las crisis personales, familiares y sociales, el Evangelio sigue ofreciendo un fundamento sólido capaz de sostener la vida. 

Catequesis y herencia que nos llega hasta hoy

Han pasado casi dos mil años desde la construcción de las primeras catacumbas y sus imágenes siguen teniendo una sorprendente actualidad. Vivimos en una cultura que, a pesar de los enormes avances tecnológicos, continúa haciendo las mismas preguntas existenciales: ¿qué sentido tiene la vida?, ¿qué sucede después de la muerte?, ¿existe una esperanza capaz de sostener el sufrimiento humano?

Los símbolos del cristianismo nacidos en las catacumbas ofrecen respuestas que brotan directamente del Evangelio. Estas figuras no son simplemente diseños decorativos o vestigios arqueológicos, sino expresiones de una comunidad que puso su fe en Jesucristo, y eso las llevó a trascender e iluminar los interrogantes que habitan en las profundidades de todo ser humano. Estos santos merecen nuestra admiración y respeto; ellos no poseían grandes templos ni gozaban de reconocimiento social, sin embargo, tenían una certeza que trasformaba su existencia: Cristo había resucitado.

Las imágenes que dejaron estos primeros cristianos en las catacumbas siguen trasmitiendo el mismo mensaje el día de hoy, ya que cada símbolo nos habla de un Dios que acompaña, salva y conduce a la Vida Eterna. Cada pintura es una proclamación silenciosa de la victoria de Cristo. Es profundamente inspirador poder en esta ocasión, contemplar y traer a la memoria a los santos protomártires en medio de una época marcada por la inmediatez y la enorme cantidad de estímulos que nos lleva a perder fácilmente la orientación. 

Contemplar los Símbolos de la Vida Eterna

La obra del padre Diego Elías constituye una excelente oportunidad para adentrarse en este fascinante patrimonio espiritual de la Iglesia. Sus páginas permiten descubrir que detrás de cada imagen existe una profunda catequesis sobre la fe, la salvación y la vida eterna. Más que un estudio histórico o artístico, este libro se convierte en una invitación a contemplar la manera en que los primeros cristianos comprendieron el Evangelio y lo plasmaron en símbolos capaces de atravesar los siglos.

En la memoria de los santos Protomártires de Roma, acercarse a esta obra significa también escuchar nuevamente la voz de aquellos primeros testigos que, con su sangre y su fe, proclamaron una verdad que continúa sosteniendo a la Iglesia: Cristo ha resucitado y quienes creen en Él están llamados a participar de su vida para siempre. Como enseñaba san Agustín, “la esperanza cristiana no es una ilusión pasajera, sino la certeza de que Dios cumplirá plenamente sus promesas”. Esa misma esperanza es la que sigue brillando, silenciosa y luminosa, en los muros de las antiguas catacumbas y en el corazón mismo de nuestra fe cristiana. 

Oración

Jesús, Maestro divino, bendigo y doy gracias a tu corazón dulcísimo por el gran don de la Iglesia. Ella es la madre que nos enseña la verdad, nos guía en el camino del cielo y nos comunica la vida sobrenatural. Ella, tu cuerpo místico, continúa tu misma misión en la tierra. Es el arca de la salvación; es infalible, indefectible y universal. Concédeme la gracia de amarla, como la has amado tú al santificarla con tu Sangre. Que todos la conozcan, entren en ella y cooperen humildemente en la construcción de tu Reino. Amén.
(Oración tomada del libro de oraciones de la Familia Paulina)

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