Existe en todo ser humano un deseo de plenitud, de ser mejores, de alcanzar un nivel de realización. No se trata únicamente de querer alcanzar el éxito, de obtener reconocimiento o de ser admirados, sino de experimentar una paz y una libertad interior capaz de llevarnos a comprender lo verdaderamente esencial e importante en nuestra existencia. Todos llevamos en lo profundo de nuestro ser, un deseo inmenso de crecer, de sanar las heridas que en tantas ocasiones nos limitan de vivir de manera más auténtica, impidiendo que nos podamos convertir en la persona que estamos llamados a ser.
Sin embargo, el ritmo acelerado propio de nuestra cultura, las exigencias cotidianas, las decepciones, los errores y las heridas que vamos acumulando con el pasar de los años, van formando una especie de armadura en el corazón, que muchas veces nos hacen creer que el cambio es imposible. Con frecuencia, las personas optamos por conformarnos con sobrevivir, repitiendo hábitos que desgastan, cargando pesos innecesarios y dejando adormecidos los sueños que alguna vez hicieron vibrar el corazón.
Frente a esta realidad, la obra Atrévete a ser tu mejor versión. Reflexiones y oraciones para crecer, es un valioso texto que surge como una invitación a reencontrar nuestra fuerza interior, que trasmite esperanza y motiva a emprender un viaje hacia el interior. El objetivo no es presentar fórmulas mágicas ni un camino de perfección instantánea. Esta herramienta ofrece cuarenta reflexiones sencillas pero cargadas de profundidad que ayudan al lector a detenerse, mirarse con sinceridad y amor, descubriendo que siempre es momento para crecer y comenzar de nuevo.
Un maravilloso viaje a nuestro interior
Nuestra cultura con frecuencia nos empuja a construir y darle prioridad a nuestra imagen, sin importar que tan superficial pueda ser; igualmente, nos conduce constantemente a mejorar la apariencia sin importar los extremos y sus consecuencias, nos arrastra a aumentar nuestro rendimiento sin importar que tan agotados estemos, incluso, obliga a alcanzar ciertos estándares de éxito, aunque esto implique lastimar y pasar por encima de aquellos que nos rodean. Esto nos lleva a ignorar que el verdadero cambio en nuestra vida comienza desde dentro.
Jesús mismo en una ocasión afirmó que el árbol se conoce por sus frutos y que las acciones buenas o malas brotan es del corazón (cf. Lc 6, 43-45). Lo que somos exteriormente está profundamente relacionado con todo aquello que sucede en nuestro interior. Por eso, la invitación a ser nuestra mejor versión comienza con un ejercicio que hoy resulta más necesario que nunca: detenerse.
Y detenerse no es perder el tiempo. Es invertir en uno mismo para ganar más de lo que podemos imaginar; es recuperar la capacidad de escucharnos, de reconocer nuestras necesidades más profundas y de preguntarnos hacia dónde estamos orientando nuestra vida, en qué estamos consumiendo nuestra energía, nuestros talentos, nuestra existencia. Cuando aprendemos el arte del silencio, de la quietud, entonces descubrimos aspectos de nosotros mismos que el ruido cotidiano, con frecuencia, suele ocultar. Allí, aparecen las heridas no tratadas, ignoradas, reprimidas. Aparecen los miedos que traban nuestro caminar. Surgen nuestras búsquedas más profundas y también nuestros deseos más nobles. Esta obra de nuestra editorial Paulinas, invita precisamente a realizar este ejercicio de interioridad. Sus reflexiones ayudan a abrir espacios de encuentro consigo mismo, condición indispensable para todo crecimiento auténtico.

Sanar heridas para vivir con mayor libertad
Todos cargamos heridas en el alma y en el corazón, algunas más fuertes que otras; algunas tratadas y otras completamente ignoradas, pero lo que nos une es saber que todos experimentamos la vulnerabilidad en nuestra carne y nuestro espíritu, estamos sedientos de una asistencia empática y compasiva que logre, por lo menos, aliviar un poco aquello que nos atormenta en nuestro interior.
La Biblia está llena de historias de personas heridas que encontraron en Dios la posibilidad de una vida nueva, cimentada en la misericordia, la ternura, la dignidad y el amor de un Dios que se preocupa y ocupa de “sus pequeños”. Entre esos ejemplos encontramos a Moisés quien cargaba el peso de su pasado; Pedro, quien conoció la limitación de su fe y su amor por medio de la negación; Tomás el cual experimentó la duda ante el inmenso poder de Dios manifestado en la Resurrección de Jesús; María Magdalena que llevó en su corazón profundas heridas en su interior y aún así, fue restaurada por Dios y enviada a anunciar una noticia que colma hasta hoy de alegría y esperanza a todo el género humano: “Cristo ha Resucitado”. Ninguno de ellos fue definido por sus heridas y fracasos, ya que todos encontraron en Dios una posibilidad para ser trasformados.
Cada uno de nosotros estamos llamados a recorrer ese camino. Es importante comprender que sanar no significa borrar el pasado ni fingir que el dolor no existe. Sanar significa permitir que las experiencias vividas dejen de ser cadenas que nos impidan avanzar y se conviertan en lugares de aprendizaje y crecimiento. Por ello, las reflexiones que el texto ofrece nos ayudan justamente a realizar este proceso de reconciliación interior. Cada página se convierte en una invitación a despojarse de todo aquello que pesa demasiado y a descubrir que el cambio siempre es posible.
Reinventarse, la valentía de comenzar de nuevo
Una de las mayores tentaciones que cercan al ser humano consiste en pensar que ya es demasiado tarde para cambiar y empezar de nuevo. Comúnmente encontramos personas que se justifican y repiten a todos, que nacieron así, que nunca podrán modificar determinados comportamientos y que ya no tiene sentido intentar algo nuevo. El Evangelio, por su parte, desmiente completamente tal afirmación. Jesús convirtió a pescadores en apóstoles, a perseguidores en apasionados evangelizadores y a pecadores en testigos de su amor. Su presencia genera constantemente comienzos nuevos, tal y como lo hizo con el anciano Nicodemo, un maestro de la Ley, que al acercarse a Jesús en el secreto de la noche, se preguntó si era posible nacer de nuevo siendo viejo. La respuesta del Maestro fue un abrazo de esperanza. Para Dios, nuestra edad, los errores del pasado o el tiempo perdido, no son barreras. Así como le ofreció a Nicodemo la oportunidad de un nuevo nacimiento espiritual, hoy nos asegura que siempre hay tiempo para reiniciar, porque su gracia lo renueva todo.
La vida cristiana es, en el fondo, una permanente oportunidad de renovación. Es así, que el libro Atrévete a ser tu mejor versión, invita al lector a reinventarse, no en el sentido de construir una identidad falsa, sino de descubrir posibilidades nuevas que quizás han permanecido por mucho tiempo adormecidas. Este reinventarse implica abrirse y disponerse al aprendizaje, permitirse cambiar de perspectiva, abandonar viejas actitudes y tener el valor de intentar caminos diferentes. Cada etapa de la vida ofrece la posibilidad de crecer, ya que nunca es demasiado tarde para sanar una relación, retomar un sueño, aprender algo nuevo, reconciliarse consigo mismo o acercarse nuevamente a Dios.
Aprender a enfocarse en lo esencial
Tarea exigente de nuestro tiempo es lograr equipar la atención en una sola cosa. Vivimos rodeados de diversos estímulos, listas de pendientes, notificaciones constantes y preocupaciones que fragmentan nuestra atención. Es normal escuchar en nuestras conversaciones, las quejas por las innumerables actividades y el sabor del sinsentido que nos persigue; experimentamos una especie de desconexión con aquello que es realmente vital.
Hay una escena en el Evangelio que es profundamente iluminadora en el encuentro de Jesús con sus amigos de Betania. Mientras Marta se encuentra absorbida por las tareas del hogar, María se sienta a los pies del Maestro para escucharlo. Es entonces donde Jesús les recuerda que solo una cosa es verdaderamente necesaria (cf. Lc 10, 38-42). Estas palabras contienen en sí una gran actualidad, en cuanto que necesitamos aprender nuevamente enforcarnos en aquello que realmente vale la pena. Necesitamos enforcarnos en las relaciones que realmente importan, en los valores que dan sentido a nuestra existencia, en las personas que amamos y en aquello que alimenta nuestro espíritu. Es urgente que aprendemos a ejercitar nuestra capacidad de discernimiento interior para no terminar gastando la vida en lo superficial.
Vivir con más gratitud y menos miedo
Crecer en el ámbito humano y espiritual implica aprender a contemplar la vida con una actitud de gratitud. Con el pasar de los años caemos en la rutina y prestamos más atención a todo aquello que nos falta y muy poco a los innumerables dones que ya están presentes en nuestra existencia. Podemos aprender de los grandes sabios y santos la gratitud, la cual tiene la capacidad de transformar la vida. La postura con la cual asumimos nuestro día a día no elimina las dificultades, pero sí permite descubrir que, incluso en medio de las pruebas, existen motivos para conservar la fe y la esperanza.
El Papa Francisco insistió con frecuencia sobre la importancia de cultivar la gratitud como una actitud esencial en la vida de todo cristiano, porque quien agradece reconoce que la vida es un regalo de Dios y aprende a vivir las diversas circunstancias con serenidad y confianza. El llamado hoy es a aprender a valorar y contemplar el presente con asombro, con la inocencia de un niño, a saber leer la novedad que cada amanecer trae consigo. Agradecer todo aquello que acontece en nosotros y a nuestro alrededor significa reconocer la propia historia, las personas que han dejado huellas de bien en nuestro camino y la presencia silenciosa de Dios que nos acompaña, incluso, cuando no logramos percibirlo.
Perseverar cuando el camino se hace difícil
Toda trasformación auténtica exige tiempo. Vivimos en la cultura del scroll, es decir, que todo lo que quiera cautivar nuestra atención tiene menos de tres segundos para hacerlo, de lo contrario, sus intentos por captar nuestro interés han fracasado. Aun cuesta saber cómo y dónde empezó esta sed de inmediatez, de cambios rápidos e instantáneos. Sin embargo, la vida humana funciona de otra manera, ya que nuestra estructura interna no fue hecha para la fugacidad, pues nuestro ser encuentra plenitud por medio de los procesos, de aquello que se logra contemplar, saborear, experimentar a su debido tiempo.
Los grandes procesos toman tiempo, se afianzan en la constancia, en la sinceridad y en la libertad. Esto se construye poco a poco, en cuanto que las heridas profundas requieren de un tratamiento y un tiempo especial. Adquirir nuevos hábitos saludables para el cuerpo y el espíritu exige perseverancia. Podemos relacionar esta experiencia con aquello que san Gregorio de Nisa llamaba de Epéktasis, una tensión o fuerza que impulsa al ser humano a buscar, a crecer, a querer más de aquel Bien mayor del cual ha probado un poco y no piensa soltar y, mucho menos, parar de buscar.
El mismo Jesús comparó el reino de Dios con una semilla que crece lentamente (cf. 4, 26 -29). Ser nuestra mejor versión implica confiar en Dios y en nosotros mismos, en los procesos en los cuales nos vamos encaminando, las decisiones que nos van acompañando y en todo aquello que vamos soltando. En medio de todo este trabajo interior, la perseverancia nos recuerda que la verdadera trasformación se construye día a día, mediante pequeñas acciones que con el tiempo logran tener un gran impacto para alcanzar aquello que desde toda la eternidad estamos llamados a ser.
“Siempre con lo que tengas, se puede empezar de nuevo.
Tenemos el deber de ser felices”.
Facundo Cabral
