Aprender a descubrir el rostro de Cristo en los hermanos enfermos
Cada 14 de julio, la Iglesia celebra la memoria de san Camilo de Lelis, uno de los santos que mejor encarnó el mandato evangélico de la caridad, la compasión y la asistencia a los más necesitados. Su vida es una prueba de que Dios puede transformar las historias más quebradas en testimonios extraordinarios de amor. Aquel joven apasionado por la vida militar, arrastrado durante años por los vicios y las ambiciones propias de una juventud despreocupada, terminó convirtiéndose en uno de los más grandes servidores de los enfermos y en el patrono universal de los hospitales y del personal sanitario.
Su historia nos resulta profundamente actual. En una sociedad que con frecuencia suele exaltar la autosuficiencia, la fuerza y el éxito, san Camilo nos recuerda una verdad que tarde o temprano todos terminamos descubriendo: somo frágiles. Todos, sin excepción, estamos expuestos a la enfermedad, al sufrimiento, al envejecimiento y a los límites propios de nuestra condición humana. Precisamente allí, en el terreno de la fragilidad, san Camilo encontró su vocación y descubrió el rostro misericordioso de Jesucristo.

Una vida transformada por la misericordia de Dios
Camilo nació el 25 de mayo de 1550 en Bucchianico, en la región italiana de los Abruzos. Su infancia se vio marcada por diversas dificultades familiares y por una fuerte inclinación hacia la vida militar. Desde muy joven se dejó llevar por ambientes poco favorables para su crecimiento humano y espiritual, adquiriendo hábitos que lo alejaron de Dios y de los valores evangélicos. Sin embargo, la gracia de Dios tiene la extraordinaria capacidad de abrir caminos nuevos allí donde parece haberse perdido toda esperanza. En medio de sus búsquedas y fracasos, Camilo experimentó una profunda conversión interior que cambió por completo el rumbo de su existencia.
Su encuentro con Dios no lo condujo a una vida encerrada en sí misma ni a una espiritualidad desconectada de la realidad. Por el contrario, lo llevó hacia los más vulnerables. Comprendió que el amor recibido de Dios debía traducirse en un amor concreto hacia los hermanos que más sufrían. De este modo, comenzó a servir en los hospitales de Roma, especialmente en aquellos lugares donde eran atendidos los enfermos considerados como incurables. Lo que encontró allí era realmente desolador: personas abandonadas, condiciones precarias para su cuidado y escasa presencia de personal médico. Camilo quedó profundamente conmovido, y fue así que, poco a poco, fue descubriendo que cada enfermo era la presencia viva de Cristo.

“Estuve enfermo y me visitaste”
San Camilo encuentra su cauce en el mismo Evangelio, de manera específica, en el pasaje de Mateo: “Estuve enfermo y me visitaste” (cf. Mt 25, 36). Este fue también el mensaje y la misión de Jesús, para quien el cuidado de los enfermos constituía mucho más que un oficio secundario reservado solo a unos pocos especialistas o voluntarios. Para Cristo, esta labor constituye uno de los criterios del amor cristiano. San Camilo tomó estas palabras con absoluta radicalidad, pues solía decir a sus compañeros que siempre debían servir a los enfermos “con la misma ternura con que una madre cuida a su hijo único enfermo”.
Este gran santo no veía en los hospitales únicamente cuerpos heridos que necesitaban una asistencia médica, él veía personas, almas, historias, sufrimientos, miedos, sueños y esperanzas. Veía al mismo Cristo presente en el hermano que padecía. Hoy más que nunca esta mirada continúa siendo necesaria. Si bien es cierto que la medicina y la tecnología han avanzado de manera extraordinaria, también es evidente que el ser humano requiere un tratamiento especial que no puede ser reemplazado por ninguna maquina o novedad tecnológica: la cercanía, la escucha, la compasión y el amor. Debemos comprender que la enfermedad no afecta meramente al cuerpo, sino que en muchas ocasiones toca también el mundo emocional, las relaciones familiares, la estabilidad económica, la dimensión espiritual de quien padece y de quien acompaña. Por ello, el enfermo necesita sentirse acompañado y sostenido.
La enfermedad, una experiencia profundamente humana
En todo momento, la Iglesia ha reconocido que las enfermedades que aquejan e invaden al ser humano son condiciones propias de nuestra fragilidad humana; por ello, siempre ha acompañado y motivado al pueblo de Dios a vivir estos períodos de prueba con fe, paciencia y amor. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves de invaden la vida humana” (CIC, 1500).
La enfermedad, en la mayoría de los casos, nos lleva a una retrospección como pocos acontecimientos en la vida; esta suele confrontar al ser humano con su propia vulnerabilidad. Nos hace experimentar nuestros límites, nuestras dependencias y casi palpar nuestra condición finita. Ella logra despertar interrogantes profundos sobre el sentido de nuestra existencia, los dones que nos han sido otorgados hasta el momento, la vida que ha pasado ante nosotros, la angustia de no poder soportar el dolor, el miedo a la muerte y el olvido. Por eso no es extraño que, humanamente hablando, la enfermedad pueda generar tristeza, temor, rebeldía o incluso desesperación.
Sin embargo, la fe cristiana nos invita a descubrir que el sufrimiento, aun siendo una experiencia difícil de llevar y en diversas ocasiones incomprensible, puede convertirse en lugar sagrado de encuentro con Dios. Muchas personas a lo largo de la historia han descubierto, precisamente en medio de la enfermedad, lo que verdaderamente tiene valor. Han aprendido a apreciar la vida de otra manera y a cuidar de ella, han aprendido a reconciliarse con los demás y especialmente con aquellos a quienes más aman. Han aprendido a reconocer su fragilidad y la necesidad de Dios en ellos, han crecido en espiritualidad, en esperanza y caridad. Es así, que la fragilidad vivida desde la fe, puede convertirse en un camino de maduración humana y en fortaleza espiritual.
Jesús es el Médico de los cuerpos y de las almas
Los Evangelios presentan constantemente a Jesús rodeado de enfermos: ciegos, paralíticos, leprosos, sordos, tantos otros heridos en su cuerpo y alma que acudían a Él en busca de alivio. Sin embargo, Cristo no solamente realizaba curaciones físicas, ya que su presencia lograba devolver la dignidad, la esperanza y el sentido de quienes sufrían a tal punto, de sentirse y ser tratados como “muertos en vida”. En Jesús encontramos a un Dios que no permanece inmóvil ante el dolor humano, ya que Él no temía al contacto, a mezclarse con ellos y ser tratado de impuro por esta causa; su pedagogía siempre fue la del amor y la ternura: se acerca, toca, escucha, mira a los ojos, consuela y sana.
Por eso, la experiencia de la enfermedad puede convertirse en una oportunidad privilegiada para buscar de nuevo al Señor. Diversas personas descubren en el sufrimiento una oración más sincera, una fe más profunda y una confianza más humilde. La enfermedad puede enseñarnos algo esencial: no somos dueños absolutos de nuestra vida, sino que dependemos en todo momento de Dios y siempre necesitamos de los demás.
La Iglesia, madre que acompaña a sus hijos que sufren
A lo largo de la historia, la Iglesia ha procurado hacer visible la ternura y el cuidado de Dios hacia los enfermos. Los hospitales nacidos al amparo del cristianismo, las congregaciones religiosas dedicadas a la asistencia de los enfermos, las obras de misericordia y la atención espiritual a quienes sufren son expresiones concretas de este compromiso con los más pequeños y vulnerables del reino de Dios. El propio san Camilo fundó en Roma la Orden de Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos, conocidos hoy como los Camilos. Su objetivo surgió no solamente para dar una asistencia material, sino también espiritual y un sólido acompañamiento humano.
Siglos después el Papa León XIII lo declaró, junto con san Juan de Dios, patrono de los enfermos, de los hospitales y del personal hospitalario. Más recientemente el Papa Francisco recordaba que “el modo en que vivimos la enfermedad y la discapacidad es signo del amor que estamos dispuestos a ofrecer”. La enfermedad nos suele poner ante una gran elección interior: podemos encerrarnos en la desesperanza o podemos abrirnos a un camino de confianza y crecimiento. Podemos mirar únicamente la limitación o descubrir nuevas formas de amar y de dejarnos amar. Esto no se trata de idealizar el sufrimiento ni de negar todo el dolor que conlleva la enfermedad. Se trata de reconocer que incluso, en medio de las pruebas, Dios continúa actuando y acompañando a sus hijos muy amados.
La fuerza de la oración en el tiempo de la enfermedad
Cuando la enfermedad llega, nuestro interior siente una gran necesidad de sostenerse espiritualmente. Si bien es cierto, la oración no elimina mágicamente el sufrimiento ni remplaza los tratamientos médicos necesarios, sí ofrece algo profundamente valioso: la certeza de que Dios permanece presente y de que ninguna prueba puede separarnos de su amor. La oración permite depositar los miedos en las manos del Señor, encontrar consuelo, fortalecer la esperanza y descubrir una paz interior que muchas veces pensamos imposible llegar a experimentar en medio de la tempestad.
Pensando precisamente en quienes atraviesan situaciones de enfermedad, algún sufrimiento físico o espiritual, y también en aquellos familiares y personas que los acompañan, nuestra Editorial Paulinas presenta la obra Devocionario para orar por los enfermos. Este valioso escrito reúne diversos recursos espirituales que ayudan a vivir la experiencia de la enfermedad desde la fe. Sus páginas ofrecen momentos de oración, textos litúrgicos, reflexiones y herramientas pastorales que permiten experimentar la presencia cercana de Cristo sufriente y resucitado. Es así como este devocionario se convierte en un verdadero compañero de camino para quienes buscan sostener su esperanza y encontrar palabras de fe en medio de las pruebas.
San Camilo de Lelis, un maestro de compasión
Al celebrar cada 14 de julio la memoria de san Camilo de Lelis, la Iglesia nos invita a mirar nuevamente el misterio del sufrimiento humano a la luz del Evangelio. Su vida nos recuerda que ninguna fragilidad esta fuera del alcance del amor de Dios. Su testimonio nos enseña que cada enfermo posee una dignidad sagrada y que el cuidado de quien sufre constituye una de las expresiones más concretas y visibles de la caridad cristiana.
En nuestra sociedad con bastante frecuencia le tememos a la vulnerabilidad y constantemente se opta por ocultar el dolor; san Camilo sigue proclamando una verdad profundamente liberadora: precisamente allí donde el ser humano descubre sus límites, puede también descubrir con mayor profundidad la ternura de Dios. Porque el sufrimiento nunca tiene la última palabra; es en el rostro de nuestros hermanos enfermos donde este santo aprendió a contemplar, servir y amar al mismo Cristo.
Oración
Señor Jesús, que haciéndote hombre, quisiste compartir el sufrimiento de nuestra naturaleza humana, te suplicamos por intercesión de san Camilo, el santo protector de los enfermos, que amó y se entregó a los demás, que con caridad y compasión sirvió intensamente a los pobres y a los enfermos como si fueran sus hijos, que ayudes a los que están pasando dolor, a los que necesitan alivio, sanación y viven el difícil momento del sufrimiento.
Sana al que está llagado en el cuerpo y en el espíritu, sostén la fe de los que bajo la cruz vacilan por la fuerza del mal, abre horizontes de esperanza a los que están en la oscuridad.
Haznos, como san Camilo, conscientes de que en el rostro del enfermo, del que sufre y está agobiado o del que padece grandes necesidades, está tu mano acariciando a nuestro corazón.
San Camilo glorioso, a ti clamamos en nuestra aflicción, tú que siempre viste a Jesús en los enfermos, que con ardiente caridad y ternura los serviste y cuidaste, y que tantas veces dijiste: “los enfermos son la pupila y el corazón de Dios”, lleva nuestras suplicas al Señor y ruégale por la salud de todos los enfermos.
Pide que les conceda alivio y remedio en sus padecimientos, que sane sus cuerpos y les llene de optimismo y vitalidad, que fortalezca sus almas, les dé valor y energía, y les colme de esperanza en medio de tanto dolor y angustia, porque solo Él puede guardarnos de todo mal y darnos la salud en la enfermedad.
Amén.
