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Nuestra Madre Tierra

Nuestra Madre Tierra

Paulinas Colombia |

Una lectura cristiana ante el cuidado del medio ambiente

Hay silencios que hablan… y uno de ellos es el silencio de la Tierra herida que clama. Cada 22 de abril, el mundo recuerda el Día de la Tierra. Pero para el creyente, esta fecha no es simplemente una conmemoración ecológica, es una llamada interior, casi un susurro de Dios que atraviesa la creación y llega hasta lo más profundo del corazón humano. La Tierra no es solo el lugar donde vivimos… es el lugar donde Dios se manifiesta, donde se nos revela.

En este horizonte se sitúa la obra “Nuestra Madre Tierra”, inspirada en el pensamiento del Papa Francisco, que nos invita a redescubrir la creación no como un recurso que se explota, sino como un don que se contempla, se agradece y se cuida. Este libro no es simplemente una reflexión ecológica, es una llamada espiritual urgente para volver a Dios a través del cuidado de todo lo creado.

La creación: una expresión del amor de Dios

Desde el inicio de la Sagrada Escritura, la creación aparece como una obra profundamente querida por Dios. El relato del Génesis no es solo una narración de origen, sino una proclamación de sentido: todo lo que existe ha sido pensado, amado y querido por Dios.
“Y vio Dios que todo era bueno” (cf. Gn 1, 31).

Esa afirmación no es decorativa. Es una clave para comprender nuestra relación con el mundo. La tierra, los ríos, los árboles, los animales, el cielo, en general, todo lleva impresa una huella divina. La creación es, en cierto modo, el primer evangelio, el primer anuncio silencioso del amor de Dios. Sin embargo, los seres humanos en nuestro afán de dominio y control hemos olvidado escuchar ese lenguaje. Hemos pasado de contemplar a poseer; de agradecer a consumir; de cuidar a explotar. Y entonces, lo que era canto de júbilo y gratitud se tornó en una constante queja.

El grito de la Tierra y el grito de los pobres

Una de las intuiciones más profundas del Papa Francisco es que la crisis ecológica no puede separarse de la crisis social. La Tierra grita, pero también gritan los pobres. Porque cuando se destruyen los ecosistemas, se contamina el agua o se agotan los recursos, los primeros en sufrir son los más vulnerables. Esto se debe a que la herida de la Tierra y la del ser humano están unidas.

Por eso, hablar de ecología desde la fe no es una moda ni una ideología. Es un compromiso que es inherente al Evangelio. Es reconocer que no podemos amar a Dios y, al mismo tiempo, destruir su obra. Es entender que la justicia, la caridad y el cuidado de la creación forman parte de una misma realidad.

Una crisis del corazón

El problema ecológico no comienza solo en las grandes fábricas o con los poderosos que explotan los recursos naturales; comienza dentro de cada ser humano. Antes de que exista contaminación ambiental, existe una contaminación espiritual: la indiferencia, el egoísmo, la búsqueda desordenada del propio beneficio. Cuando el corazón humano se desconecta de Dios, pierde también la capacidad de relacionarse sanamente con la creación. Ya no ve la Tierra como hermana, sino como un objeto. Ya no la contempla, sino que la instrumentaliza. Ya no la cuida, sino que la consume. Por eso, la respuesta cristiana no puede limitarse a acciones externas. Necesita una conversión profunda que nos lleve a recuperar la mirada original, es decir, la mirada de quien reconoce que todo es don.

Volver a ser custodios

El libro del Génesis confía al ser humano la misión de “dominar la Tierra” (cf. Gn 1, 28). Pero este dominio, leído a la luz del Evangelio, no es abuso, sino responsabilidad. Ser humano es ser custodio y ello significa ser alguien que cuida lo que no le pertenece del todo, que protege lo que ha recibido, que piensa en los que vendrán después. Esta es una de las grandes enseñanzas de la obra “Nuestra Madre Tierra”: no somos dueños absolutos, somos administradores de un regalo sagrado. Y ese cambio de mirada lo transforma todo. Porque cuando dejamos de ver la Tierra como propiedad y comenzamos a verla como herencia, brota así el respeto, nace la gratitud, surge el cuidado.

La espiritualidad de lo pequeño

Vivimos en una cultura que valora lo ostentoso, lo ruidoso, lo acelerado. Pero el Evangelio tiene otra lógica: la de la semilla, la del gesto pequeño, la del amor cotidiano silencioso y lento. Cuidar la creación no comienza con grandes discursos, sino con decisiones sencillas. Consiste en hacer acciones tan sencillas como cerrar el grifo, no desperdiciar alimentos, evitar el consumo innecesario, respetar la vida en todas sus formas, etc.

Si evaluamos lo anterior de manera individual podría parecer poco, pero si lo unimos a todos los habitantes de la Tierra, caeremos en la cuenta del daño irremediable que le estamos causando a nuestro planeta. Por ello, es más necesario que nunca que tomemos conciencia desde ya y estemos dispuestos a hacer algo, porque cada gesto realizado con amor tiene un valor inmenso. Cada acto consciente es una forma de decirle a Dios: “Gracias por este mundo”.  Así, poco a poco, nos daremos cuenta que esos gestos irán transformando no solo el entorno, sino el corazón.

Redescubrir la belleza

Uno de los grandes dramas de nuestro tiempo es la pérdida de la capacidad de asombro. Nos hemos acostumbrado tanto a todo que ya no sabemos cómo contemplar la vida, las personas, los acontecimientos, nuestro propio corazón. Y sin contemplación, no hay cuidado. La espiritualidad cristiana nos invita a detenernos, a mirar, a escuchar, a dejarnos tocar por la belleza de la creación reconociendo la presencia del Creador en un amanecer, en el canto de las aves, en el viento que susurra entre los árboles, en la lluvia que cae en la tierra; todo ello puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios. Porque la creación no solo habla de Dios… nos conduce a Él.

El Papa Francisco, otorgó en innumerables ocasiones la tarea del cuidado de la Casa Común a todos, pero especialmente, a los jóvenes. El cuidado de la Casa Común no es una misión exclusiva de expertos o gobernantes. Es una tarea de todos. Pero este Pontífice ha tenido una particular confianza en la valentía, empatía y creatividad de la juventud, por ello, supo extender este llamado concreto y especial a los jóvenes. En cierta ocasión, decía: “Ellos tienen la capacidad de soñar, de cuestionar, de buscar caminos nuevos. Tienen una sensibilidad particular frente a las injusticias y una fuerza interior que puede transformar la realidad de la casa común”.

Hoy más que nunca, el mundo necesita jóvenes que no se conformen con poco, que no vivan anestesiados, que no miren hacia otro lado. Se necesitan jóvenes que entiendan que cuidar la Tierra no es una moda, sino una forma concreta de amar y, al mismo tiempo, una forma de responder a una vocación, porque cuidar la creación también puede ser un camino vocacional, o sea, un modo de vivir el Evangelio con radicalidad.

Una esperanza que nace de Dios

Ante la magnitud de la crisis ecológica, podría surgir el desánimo o parecer que todo está perdido. Pero la fe cristiana nunca se instala en la desesperanza, ya que creemos en un Dios que crea, sostiene y renueva. Creemos en un Dios que no abandona su obra y que cada gesto de amor, por pequeño que sea, tiene un valor eterno.
La esperanza cristiana no es ingenua, ya que sabe mejor que nada de movimiento, de salida, de sueños, de fe, de valentía, de amor hasta el extremo. La esperanza cristiana es la certeza de que el bien, aunque parezca pequeño, siempre tiene la última palabra. Ella nos debe llevar a transformar la vida misma que constantemente emerge de la Tierra.

En este Día de la Tierra, la propuesta de la obra “Nuestra Madre Tierra” no es simplemente a leer un libro. La invitación profunda y concreta es a dejarnos interpelar, es permitir que estas páginas toquen la conciencia, cuestionen los hábitos, despierten el deseo de vivir de otra manera. Es entender que cuidar la creación no es una tarea más, sino una dimensión esencial de la vida cristiana.

La Tierra como sacramento de Dios

A manera de conclusión, podemos afirmar que la creación es, en cierto sentido, un sacramento, es un signo visible de una gracia invisible, pues en ella Dios se deja encontrar; en ella, el amor se hace concreto y la vida se manifiesta como don. Por eso, cuidar la Tierra es mucho más que una responsabilidad ecológica: es un acto de fe, una forma de oración y una expresión de amor. 

Quien aprende a cuidar el bello don de la creación, aprende también a cuidar la vida, al otro, y al mismo Dios que vive en lo cotidiano.

Que este 22 de abril no pase como una fecha más. Que este día sea un punto de partida para nuestra conversión, una oportunidad para volver a mirar la Tierra con ojos nuevos, un espacio para reconciliarnos con lo creado y para comenzar de nuevo. Que, con la sencillez del Evangelio, podamos decir con la propia vida: Gracias, Señor, por esta casa que nos has confiado. Enséñanos a cuidarla como tú la amas.

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