El mes de septiembre ha sido por décadas en la Iglesia conmemorado como el Mes de la Biblia. Es un tiempo en el que nos invita a acercarnos a la Sagrada Escritura, no solamente para conocer mejor sus relatos, personajes o enseñanzas, sino para redescubrir que en ella Dios continúa hablando hoy. La Palabra no es un texto antiguo que pertenece únicamente al pasado: es una palabra viva que alcanza nuestra existencia concreta, entra en nuestra vida entera, ilumina nuestras decisiones y sostiene nuestros momentos de fragilidad. Por este motivo, cuando la enfermedad toca nuestra puerta, cuando un familiar recibe un diagnóstico difícil o cuando el cuerpo comienza a experimentar sus propios límites, la Palabra de Dios puede convertirse en un lugar privilegiado para volver a escuchar una promesa que nunca envejece: Dios no abandona a sus hijos.

La enfermedad nos recuerda algo que con frecuencia intentamos olvidar: somos seres necesitados. Necesitamos de los demás, necesitamos cuidados, descanso y, en lo más profundo, necesitamos de Dios. Incluso, quienes gozan de buena salud saben que esta puede cambiar de un momento a otro. Basta una noticia médica, un accidente inesperado o una dolencia persistente para descubrir cuán frágil es nuestra existencia. El Catecismo de la Iglesia Católica reconoce precisamente esta realidad cuando afirma que la enfermedad y el sufrimiento se encuentran entre los problemas más graves que afectan la vida humana, porque en ellos experimentamos nuestra impotencia, nuestros límites y nuestra finitud (cf. CEC, 1500). Ante esta experiencia, pedir por la salud no es un acto de debilidad; es reconocer humildemente nuestra condición y ponerla delante de Aquel que conoce cada rincón de nuestra vida.
Orar con la Palabra
Quien se acerca a la Sagrada Escritura descubre muy pronto que Dios no es presentado como alguien distante frente al sufrimiento humano. Por el contrario, las páginas bíblicas están llenas de hombres y mujeres que lloran, suplican, esperan, enferman, preguntan y vuelven su rostro hacia Dios. El libro de los Salmos conserva la oración de generaciones enteras que aprendieron a convertir sus angustias en palabras dirigidas al Señor. “Ten piedad de mí, Señor, que estoy enfermo; sáname, Señor, que mis huesos están temblando” (Sal 6, 3), proclama el salmista. En otro momento, el orante reconoce: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y sana todas tus enfermedades” (Sal 103, 2-3). La Biblia no pretende ocultar la experiencia del dolor ni obliga al creyente a fingir fortaleza. Le enseña, más bien, a llevar aquello que le duele hasta la presencia de Dios.
Esta dimensión de la oración resulta especialmente importante cuando atravesamos una enfermedad. Hay momentos en los que no encontramos palabras propias para expresar lo que sentimos. El miedo, el cansancio o la incertidumbre pueden dejarnos interiormente paralizados. Entonces, la Escritura presta sus palabras a nuestra oración. Un salmo puede expresar lo que nosotros no conseguimos decir; una promesa bíblica puede sostenernos cuando nuestra esperanza se debilita; un relato evangélico puede ayudarnos a reconocer que también Jesús se acercó a quienes sufrían. Orar con la Palabra significa permitir que nuestra historia entre en diálogo con la Historia de la Salvación y descubrir que nuestras lágrimas también tienen un lugar delante de Dios.
Dios se acerca al ser humano herido
Uno de los rasgos más conmovedores del ministerio de Jesús es su cercanía con los enfermos. Los Evangelios lo muestran constantemente encontrándose con personas que cargaban enfermedades físicas, sufrimientos interiores, exclusión social y heridas profundas. Jesús no pasa indiferente ante ellos. Se detiene, escucha, toca, pregunta, consuela y devuelve dignidad. El Evangelio de san Mateo resume esta misión diciendo que Jesús “recorría toda Galilea (...) curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).
Pero las curaciones de Jesús no pueden comprenderse únicamente como intervenciones extraordinarias sobre el cuerpo. Cada encuentro revela algo mucho más profundo: en Cristo, Dios se acerca al ser humano herido. El Señor no considera al enfermo una carga ni una persona definida por su diagnóstico. Lo mira como hijo amado. Por esta razón, cuando la Iglesia ora por la salud, no lo hace buscando solamente la desaparición de una enfermedad. Ruega por la persona entera: por su cuerpo, su mente, sus afectos, sus relaciones, su esperanza y su vida espiritual. La verdadera oración cristiana coloca todas estas dimensiones en las manos de Dios y confía en que su gracia puede actuar de maneras que muchas veces superan nuestra comprensión.
Pedir la salud también es aprender a confiar
La oración de petición ocupa un lugar esencial en la vida cristiana porque expresa una verdad profundamente humana: tenemos necesidades y no podemos resolverlo todo por nosotros mismos. Jesús mismo enseñó a sus discípulos a pedir: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). Pedir no significa intentar convencer a Dios de que sea bueno con nosotros. Significa abrir nuestra necesidad delante de Él y reconocer que nuestra vida depende de su amor.
Sin embargo, aprender a pedir también implica aprender a confiar. Cuando rezamos por un enfermo, podemos pedir sinceramente su recuperación, poner los medios médicos necesarios y nuestra esperanza en ello, pero sin convertir la oración en una fórmula mágica. La fe cristiana no afirma que toda enfermedad desaparecerá porque hayamos rezado. Tampoco enseña que quien no obtiene la curación que esperaba haya orado mal o tenga poca fe. El misterio del sufrimiento permanece y exige una actitud humilde ante Dios. Lo que sí podemos afirmar es que ninguna oración hecha con fe y amor es inútil, porque Dios puede sostener, consolar, transformar y acompañar, incluso, allí donde nosotros no vemos todavía una respuesta.
Los Padres de la Iglesia comprendieron profundamente esta dimensión. San Agustín enseñaba que la oración no cambia a Dios como si pudiéramos modificar sus planes mediante nuestras palabras; más bien, la oración transforma nuestro corazón y nos dispone a recibir aquello que Dios quiere realizar en nosotros. Desde esta perspectiva, pedir la salud es también aprender a abandonarnos en las manos del Señor, sin dejar de presentar con confianza aquello que necesitamos.
La Palabra que sana también el corazón
Cuando hablamos del poder sanador de la Palabra de Dios debemos hacerlo con profundidad y prudencia. La Escritura no debe utilizarse como si fuera un remedio mágico ni como sustituto de la atención médica. La Iglesia valora profundamente la ciencia, la medicina y todos los medios que permiten cuidar la vida humana. Pedir a Dios por la salud y acudir responsablemente a los profesionales sanitarios no son caminos opuestos; forman parte de un mismo compromiso con el don de la vida.
Pero existe una dimensión de la sanación que ninguna medicina puede abarcar por completo. Una persona puede estar físicamente enferma y, sin embargo, experimentar una profunda paz interior. También puede encontrarse aparentemente sana y cargar heridas espirituales, culpas, resentimientos, soledades o desesperanzas que necesitan ser iluminadas. En este sentido, la Palabra de Dios posee una fuerza particular porque llega al corazón. La Carta a los Hebreos afirma que “la Palabra de Dios es viva y eficaz” (Hb 4,12). No se trata simplemente de información religiosa; es una palabra que interpela, consuela, corrige, despierta y transforma.
Por este motivo, durante una enfermedad puede ser muy significativo comenzar el día con un salmo, proclamar en familia un fragmento del Evangelio, rezar lentamente una promesa bíblica o, simplemente, permanecer unos minutos en silencio después de escuchar la Palabra. Son gestos sencillos que pueden cambiar la manera de atravesar una prueba. La enfermedad continúa allí, pero ya no se enfrenta desde la soledad absoluta, sino desde una relación de confianza con Dios.
Orar por los enfermos es una obra de misericordia

La oración por la salud no está destinada únicamente a quien padece una enfermedad. También constituye una hermosa forma de acompañar a quienes sufren. Santiago, en su Carta, exhorta a la comunidad cristiana: “¿Está enfermo alguno de ustedes? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren por él” (St 5,14). Desde los primeros tiempos, la comunidad cristiana comprendió que ningún sufrimiento debía vivirse completamente a solas.
Hoy, podemos recuperar esta dimensión comunitaria de la oración. Podemos rezar por nuestros familiares, por quienes están hospitalizados, por quienes atraviesan tratamientos largos, por los ancianos, por los enfermos crónicos, por quienes esperan un diagnóstico y también por los profesionales sanitarios que acompañan diariamente situaciones de dolor. Podemos hacerlo en casa, en una comunidad parroquial, en un grupo de oración o junto a la cama de una persona enferma.
En ocasiones no sabremos qué decir. Precisamente por eso, necesitamos aprender a orar con la Iglesia y con la Palabra. Una oración bien preparada puede ayudarnos a acompañar con mayor delicadeza, evitando frases que minimicen el sufrimiento o respuestas fáciles ante situaciones complejas. Frente a quien está enfermo, no siempre necesitamos explicar el misterio del dolor; muchas veces necesitamos, simplemente, permanecer, escuchar y orar.
Hacer de la Palabra una oración concreta
Con este propósito, Paulinas presenta “Pedir la salud con la Palabra de Dios”, una obra pensada para quienes desean integrar la Sagrada Escritura en la oración por la salud propia y la de los demás. El libro parte de una necesidad muy concreta: todos somos seres necesitados y, puesto que son pocas las personas que gozan de una salud completamente plena, pedir por ella forma parte de nuestra vida cotidiana. La propuesta consiste en aprender a presentar estas necesidades ante Dios dejándonos iluminar y conducir por el Espíritu Santo, para que nuestra oración sea cada vez más auténtica y esté arraigada en la Palabra.
La obra ofrece 48 modelos de oración por la salud, preparados para diferentes circunstancias y necesidades. Cada propuesta sigue un esquema que ayuda a entrar progresivamente en el clima de oración: puede incluir un rito inicial, una presentación, una lectura bíblica y una reflexión, para conducir posteriormente a la oración propiamente dicha, una fórmula breve y una bendición final. Esta estructura convierte el libro en un recurso práctico tanto para la oración personal como para encuentros comunitarios, grupos parroquiales, familias o personas que acompañan a un enfermo.
Una de sus riquezas consiste precisamente en que no obliga a seguir un único camino. El lector puede recorrer las oraciones en el orden propuesto, permitiendo que el conjunto se convierta en un itinerario espiritual, o puede acudir directamente al modelo que responda mejor a la situación concreta que está viviendo. De esta manera, el libro puede acompañar distintos momentos: una enfermedad recién diagnosticada, un proceso de recuperación, una intervención quirúrgica, una dolencia prolongada, la preocupación por un ser querido o, simplemente, la necesidad cotidiana de agradecer por el don de la salud.
Llevar nuestra realidad hasta el corazón del Padre
El mes de la Palabra puede convertirse así en una oportunidad para recuperar una práctica que nunca debería desaparecer de la vida cristiana: orar con la Escritura. No se trata solamente de leer más la Biblia, sino de permitir que la Palabra entre en nuestras circunstancias concretas. Leer el Evangelio cuando estamos alegres, pero también cuando estamos enfermos; acudir a los Salmos cuando no sabemos cómo expresar nuestro dolor; escuchar las promesas de Dios cuando el miedo intenta ocupar todo nuestro interior.
Pedir la salud con la Palabra de Dios puede ser un compañero sencillo y valioso para realizar este camino. Sus páginas ayudan a transformar una necesidad humana en una ocasión de encuentro con Dios y nos recuerdan que la oración no consiste en escapar de la realidad, sino en llevar nuestra realidad hasta el corazón del Padre. Allí podemos colocar nuestro cuerpo cansado, nuestras preocupaciones, el nombre de aquel familiar que sufre, la incertidumbre ante un diagnóstico y también nuestra acción de gracias por cada día de vida.
Porque cuando la enfermedad llega, no siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos decidir desde dónde queremos atravesarlo. Podemos hacerlo desde el miedo y la soledad o desde una esperanza sostenida por la fe. Podemos encerrarnos en nuestras preguntas o aprender a pronunciarlas delante de Dios. Y podemos descubrir, una vez más, que la Palabra que fue proclamada hace tantos siglos continúa siendo hoy una Palabra viva: una Palabra que acompaña, consuela, fortalece y nos enseña a confiar en Aquel que permanece junto a nosotros en cada momento de nuestra historia.
Oración para obtener la salud
Espíritu Santo, Creador y renovador de todas las cosas, vida de mi vida, con María Santísima te adoro, te doy gracias, te amo. Tú, que eres dador de vida y vivificas todo el universo, consérvame la salud, líbrame de las enfermedades que la amenazan y de todos los males que la acosan. Con la ayuda de tu gracia, prometo usar siempre mis fuerzas para gloria tuya, para mi propio bien y para servir a los hermanos.
Te pido, así mismo, que ilumines con tus dones de ciencia e inteligencia a los médicos y a todos los que se dedican al cuidado de los enfermos, para que descubran las verdaderas causas de los males que acosan y amenazan la vida, y encuentren y apliquen los remedios más eficaces para defenderla y sanarla.
Virgen Santísima, Madre de la vida y la Salud de los enfermos, a ti confío mi humilde oración. Dígnate, Madre de Dios y Madre nuestra, acompañarla con tu poderosa intercesión.
Amén.
(Oración tomada del Libro de Oraciones de la Familia Paulina)
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